Del olor atraído un zorro muy maestro, le dijo estas palabras o poco más o menos: Tenga usted buenos días, señor Cuervo, mi dueño; vaya que estáis donoso, mono, lindo en extremo. Yo no gasto lisonjas y digo lo que siento; que si a tu bella traza corresponde el gorjeo, juro a la diosa Ceres, siendo testigo el cielo, que tú serás el fénix de sus vastos imperios.
Al oír un discurso tan dulce y halagüeño, de vanidad llevado, quiso cantar el Cuervo. Abrió su negro pico, dejó caer el queso; el muy astuto Zorro, después de haberlo preso, le dijo: Señor bobo, pues sin otro alimento quedáis con alabanzas tan hinchado y repleto; digerid las lisonjas mientras yo como el queso.
"Quien oye aduladores, nunca espere otro premio".
Autor: Félix María de Samaniego

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